
En definitiva, examinaremos las circunstancias que posibilitaron que Bleger no llegara en 1959 a la carrera de psicología de la UBA como un cuasi ignoto psiquiatra santiagueño que daba clases en Rosario, sino como un miembro de la APA que había adquirido relevancia y visibilidad, entre otras cosas, a través de una serie de polémicas de carácter público, que llegaron incluso a trascender más allá del Atlántico. Por otra parte, ese libro que traía bajo el brazo (su carta de presentación a la hora de hacerse cargo de la cátedra de Introducción a la Psicología en 1959), fue lo que le valió, además de un progresivo alejamiento del PCA y el recelo de la APA, la adhesión de los estudiantes de las flamantes carreras de psicología, que nunca fueron afines a las ortodoxias institucionalizadas. Ellos estuvieron más que dispuestos a recibir con los brazos abiertos a alguien que, de manera carismática, les ofrecía una versión del psicoanálisis articulable con otros saberes en boga y, por sobre todo, con un claro compromiso político.
Este trabajo va en la misma dirección de otros en los que ya hemos postulado que, en el corto período entre la creación de las carreras de psicología, a fines de los ‘50, y mediados de los años ’60 se produjeron en nuestro país diversas confrontaciones y disputas (no sólo teóricas) en el campo de la psicología, cuyo resultado sería determinante para el desarrollo de la disciplina y la profesión hasta nuestros días (Dagfal, 1998).
Psicoanálisis y dialéctica materialista
El libro de Bleger, publicado por la editorial Paidós en 1958 y reeditado en 1963, fue recibido con fría indiferencia por la comunidad psicoanalítica, pero generó un profundo malestar en el seno de la izquierda ortodoxa, lo cual señalaría el inicio de un camino sin retorno que, años más tarde, culminaría con la expulsión de su autor de las filas del Partido Comunista (Vezzetti, 1991 y 1998; Ulloa, 1992; L. Bleger, 1992).[2] Al igual que Bleger con Freud, no nos proponemos hacer un análisis ideológico del libro, sino un estudio histórico de los elementos discursivos que empezaron a definir esta particular concepción de una “psicología psicoanalítica”, cuya pregnancia en el medio académico argentino llega hasta nuestros días. Ya desde el prólogo, Bleger dejaba en claro tanto su carácter de discípulo de Enrique Pichon Rivière como la importancia de “la ideología personal” en la escritura de una obra que definía como introductoria al psicoanálisis. A su vez la concebía, en tono autobiográfico, como el fruto de “seis o siete años dedicados totalmente a estudiar, investigar, aprender y utilizar el psicoanálisis en todas las direcciones de la práctica más exigente: libros, clases, seminarios, tarea terapéutica, enseñanza y el propio psicoanálisis.” (p. 9). Esta cita aporta datos de no poca importancia, ya que marca desde un principio el lugar que asignaba Bleger a la práctica analítica (ya sea en el rol de analista o en el de paciente) como algo indisociable de la enseñanza, el estudio y la investigación del psicoanálisis, del mismo modo que, en consonancia con sus ideas marxistas, la teoría no podía permanecer separada de la praxis. En la introducción, titulada “Epistemología y psicoanálisis”, nuestro autor se proponía examinar los “a priori conceptuales” con los que trabajó Freud, la estructura de los supuestos con los que elaboró su teoría, lo que definía, en términos pichonianos, como su “esquema referencial”. Esta tarea no era emprendida como una especulación in abstracto, sino “como exigencia del trabajo en el campo operacional concreto”, que reclamaba la utilización del materialismo dialéctico para hacer “más lúcida la experiencia misma” (p. 20). Considerando que la dialéctica ya estaba presente en los hechos del campo operacional del psicoanálisis, Bleger pretendía utilizar el materialismo dialéctico como herramienta de abordaje. No obstante, su objetivo no era interrogarlo en tanto fenómeno social e ideológico, según una tradición de larga data en el marxismo, sino estudiarlo como campo específico de conocimiento que incluía aspectos epistemológicos que le eran inherentes. Para él, el psicoanálisis era “básica y fundamentalmente una psicología” que debía “ser estudiada como tal y en la práctica concreta.” (p. 26). Como toda teoría –y en particular como toda teoría psicológica– implicaba un trasfondo ideológico, con cuya crítica podía quedar satisfecho el marxista, a condición de que no fuera psicólogo. Sin embargo, apoyándose en citas de Marx, Engels, Lenin y Mao, consideraba que el “psicólogo marxista” debía ir más allá de esa posición de observador externo: estaba obligado a “entrar” en la psicología psicoanalítica, ya que “el psicoanálisis no se supera declarándolo falso, negativo, irracional o idealista; sólo puede ser superado dialécticamente con el ‘Aufhebung’ hegeliano” (p. 27). De este modo, no alcanzaba con negarlo redondamente, sino que era menester asimilarlo de manera crítica para poder llegar finalmente a una síntesis superior, y a esta tarea dedicaría Bleger gran parte de su vida.
En el primer capítulo de su libro, dedicado al filósofo húngaro-francés –y héroe de la resistencia– Georges Politzer, de manera un tanto forzada lo ubicaba como psicólogo, pese a que sería difícil referirse a él en esos términos, ya que sólo se dedicó específicamente a la psicología en los primeros años de su obra (1924-1929).
Psicólogo no fue en él nunca sinónimo de gabinete o de tejedor de especulaciones. Tampoco fue el psicólogo de técnica o de profesión, sino más bien el crítico de la psicología y el psicólogo de una vida vivida con plenitud (p. 30).
En todo caso, si algo lo autorizaba a calificar a Politzer de “psicólogo”, era su profunda crítica del psicoanálisis y las psicologías de su época, que en su obra temprana había estado destinada a fundamentar el proyecto de una psicología científica concreta (que sugestivamente dejaría inconcluso luego de su adscripción al comunismo). Bleger trató de condensar estas dos etapas haciendo de él, retrospectivamente, un ejemplo de “psicólogo y militante”, cuando en rigor de verdad ambos roles no se habían dado de manera simultánea sino sucesiva, y difícilmente podían conciliarse sin caer en una contradicción histórica. Para Bleger, empero, no había contradicción sino continuidad a lo largo de la obra politzeriana. En la primera etapa se había enfrentado con “la psicología que encierra, inaugura y desarrolla el psicoanálisis”, mientras que en la segunda, su trabajo se había centrado en la “ubicación filosófica y política del psicoanálisis, con la crítica a su sociología y a su contenido ideológico” (p. 31). De este modo, entre el Politzer de 1928 y el de 1939, entre la Critique des fondements de la psychologie y “Le fin de la psychanalyse”, no había contradicción sino continuidad de enfoques complementarios. En todo caso, la segunda etapa no era más que una superación dialéctica de la primera, una “negación constructiva”.[3]
Curiosamente, nuestro autor también se definía a sí mismo como psicólogo, un tanto elípticamente y de manera impersonal:
Es fácil negar todo en la psicología, pero no se es psicólogo estando fuera del trabajo concreto en la psicología, ni se es tampoco psicólogo porque se tenga razón en lo que se rechaza o se niega; se es psicólogo en lo que se afirma y sostiene en una tarea desarrollada prácticamente dentro del terreno mismo de la psicología. (p. 100).
Considerando la trayectoria de Bleger, que él mismo se había encargado de destacar en el prólogo, y la tarea que se proponía desarrollar en este libro, más que una identidad profesional parecía estar definiendo su propio lugar de enunciación, legitimándose para hablar de la psicología desde una posición que no implicara extraterritorialidad. De otro modo, resultaría difícil de explicar este interés prematuro por la definición del psicólogo, si se tiene en cuenta que en el momento en que escribía estas líneas recién estaban ingresando los primeros estudiantes en la carrera de psicología de Rosario (la primera en crearse en el país, en 1956), por lo que el debate sobre esa cuestión recién se iba a plantear cuatro o cinco años más tarde. De cualquier manera, sería precisamente ese tema el que generaría el mayor rechazo de psiquiatras como Lértora y Cabral, que se opondrían taxativamente a esta necesidad de “meterse” en el campo operacional de la psicología y el psicoanálisis para poder criticarlos. Sin embargo, Bleger se refería a Politzer como psicólogo, pese a que, según vimos, nunca había ejercido la psicología de manera práctica sino que la había criticado desde el plano teórico, lo cual deja en claro que, en ese momento, su utilización del término “psicólogo” respondía más a una estrategia discursiva que a una clara concepción profesional.
La tarea emprendida por Politzer en la Critique implicaba para nuestro autor extraer lo que había de real en el psicoanálisis, más allá del idealismo de sus supuestos teóricos. En cierto modo, así como Lenin, siguiendo a Marx, había planteado que era necesario “poner a Hegel de pie” (ya que en virtud de su idealismo y sus postulados clasistas estaba “patas para arriba”), el filósofo húngaro-francés había iniciado un enderezamiento de Freud que era necesario completar. Esa rectificación del psicoanálisis había comenzado por poner de manifiesto lo que tenía de concreto, rechazando la realidad ontológica de entidades tales como “la vida interior” o “el inconsciente”. Históricamente, el saber psicológico clásico se había diferenciado del saber práctico por haber ignorado la realidad concreta, suplantándola por una segunda realidad compuesta por funciones psíquicas que se constituían en herederas del alma. Esta trasposición del plano de lo real al de lo espiritual se había dado a través del “realismo, la abstracción y el formalismo”, que triplemente traicionaban la realidad concreta. El realismo daba un ser a las entidades constitutivas de la supuesta “vida interior”; la abstracción sustituía “la realidad por actores impersonales”, y el formalismo retenía la forma, pero la vaciaba “de contenido individual”. (p. 45). No obstante, Politzer veía en la psicología moderna un abandono de esos vicios; en particular, en el psicoanálisis, el conductismo y la Gestalttheorie (a los que Bleger agregaba, un poco tímidamente y casi por compromiso, la reflexología), por lo que, para fundamentar su proyecto, pretendía dedicar un tomo a la crítica de cada una de esas corrientes. En el tomo dedicado al psicoanálisis –el único que llegaría a escribir–, propuso el drama como objeto concreto para una psicología científica, en reemplazo de la conducta, que “descarnada de todo lo humano” y “considerada mecánicamente” había derivado en una fisiología (p. 37). Más allá de sus resonancias románticas, en su acepción politzeriana (no del todo precisa) el concepto de drama englobaba tanto la conducta como la vida interior, e implicaba tomar los hechos psicológicos en primera persona, como segmentos de la vida de un individuo particular, que, como tales, eran inseparables de aquélla. Este concepto venía a responder de manera afirmativa a una pregunta fundamental por la necesidad de la existencia de la psicología misma: “¿Hay un conjunto de hechos reales que justifican la introducción de una ciencia psicológica en el conjunto de las ciencias que se ocupan del hombre?” (pp. 38-39). A su vez, rechazaba todo “animismo” que pudiera leerse detrás de esta definición. Lo verdaderamente relevante no eran los datos de la conciencia (mediatos o inmediatos) ni una original forma de la percepción (interna o externa) sino los hechos reales y concretos. Sin embargo, también era necesario situar el drama en su determinación estructural, ya que según Politzer,
1 comentario:
Se sabe algo de por qué Bleger murió tan joven ?
Raul Páramo-Ortega
paramo.ortega@gmail.com
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